sábado, 7 de diciembre de 2013

Amargo.

            Las horas pasan a través del cristal de la ventana, de ese en el que me escondo hoy, como cualquier otro fin de semana. El tiempo pasa y pasa silenciosamente, casi tanto como las lágrimas. Porque las lágrimas no hacen ruido, no molestan, no estorban, simplemente, caen. Caen lentamente, sin prisa, dejando tras de sí un camino húmedo en mis mejillas.

             Todo es demasiado frío en mi. Demasiado. Mis palabras, mis gestos, mi humor. Soy otra persona amargada. Otra persona que no puede ser feliz. No quedan muchos rastros de aquel Yeray que amaba su vida a tu lado, de ese que podía sacarte una sonrisa con cualquier tontería. Estoy más solo que nunca. Y peor aún, silencio.

              Es terrible tener la sensación de estar absolutamente solo y en silencio. Porque aquí no se oye nada, mi casa está sumida en tinieblas, solo estoy yo adentro, y seguirá así. No pienso levantarme a abrir la puerta si suena el timbre porque no serás tú, no sé cómo interrumpir este silencio tan grande que día a día me invade por dentro.

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