sábado, 31 de marzo de 2012

Increìble.

Si. Ésa es la palabra que define este día maravilloso, increíble. Una vez más doy una lección a más de uno, una vez más cierro los labios con cremayeras, se acabó el criticar, no se preocupen, como hoy, no les daré un puto motivo para que lo hagan, es más, aprendan a morderse la lengua y a aplaudir.
No son suficientes las patadas, los pisotones, el juego sucio, hoy nada de eso fue suficiente para pararme, hoy no. Hoy he sido un auténtico vendaval, hoy nada podía pararme, era imposible, todos lo decían, hoy algo cambió. Extrañaba esa deliciosa sensación de ansiedad por marcar más y más goles, era probablemente todo lo que necesitaba, gol.
Ya se acabaron los restos del niño pequeño que cuando empezó a jugar a fútbol era un simple torpón y un gordito. No. Me he convertido en un jugador muy habilidoso, alto y fuerte. Hoy simplemente no había dolor, la sangre no era lo suficientemente roja, los pinchazos lo suficientemente dolorosos, hoy había algo mucho más importante, hoy en el fondo de las mallas, se encontraba mi reflejo perdido del espejo, el reflejo del Yeray competidor y cariñoso, que poco a poco se convierte en una realidad.
En ese Yeray, su corazón se vuelve fuerte como un roble cuando juega a fútbol, cuando solo piensa en ganar cueste lo que cueste, y también se vuelve blando como una esponja cuando simplemente te veo. Ese Yeray soñador y tierno quiere subsistir, y lo está haciendo, acompañado de uno de los mejores amigos que he tenido y tendré, y de la chica que quiero y querré.

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